El estómago no se alimenta de palabras, el espíritu tampoco. Mira dónde estoy. Atrapado entre los resortes de mi cama, aterrorizado por la vertiginosa esquina del colchón, destilando el cansancio de toda la semana. La comunicación en tiempos veloces no deja espacio para la poesía y si te preguntan si prefieres una poesía o un panini el común de los mortales se decanta por la primaria necesidad. Debería comer hasta reventar. Con ritmo y sin pausa. Sin métrica pero con entrepierna. O quizás deba enredarme entre tus brazos una vez más. Úsame sin precaución. Hematómas que dibujen el mapa de nuestro amor. Así tendré de que hablar esta semana.
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